La Paz es lo Natural

La Paz de la Tierra es la Paz del hombre.

La Paz del hombre es la Paz de la Tierra.


Con paso lento y el sol de los labriegos a cuestas, el sudor daba cuenta de su labor; las venas de sus manos encallecidas eran como un río tormentoso, su respiración como el oleaje tranquilo del viento al atardecer. La paz del hogar le esperaba, la paz llegaba con él.

Olía a sudor y a tierra, a mazorca y tomate, a cebolla y a miel. Olía a vida, inspiraba respeto, transmitía certeza y honestidad; estaba todo lleno de veneración; era la veneración a la vida que en sus entrañas custodia la tierra, que tal cual en cada jornada, bebía su ser.


Era él una prolongación de la tierra misma; respiraba en él su atmósfera, circulaban sus ríos, suya era su cosecha y su paz. Con cada golpe de azadón, el corazón y el tesón del hombre de la tierra invocaba raíces, color, tronco, fruto, hoja y sabor. La labor auguraba la cosecha, la cosecha auguraba la paz.


Él cosechaba alimentos; la tierra cosechaba y prolongaba en él su vida, su plenitud y su paz.

La paz del campo era la despensa de paz de la ciudad.


Ellos abandonaron el campo, los mayores vieron el atardecer sin que nadie asomara de vuelta en el camino; se desmoronaron las tapias y allá lejos, en la ciudad, el hijo construía futuro sin esperanza ni paz, sin regreso ni libertad.


Pero aún en los bosques reside la paz de la tierra, aún habita en el hogar y en el corazón de los hombres que van al ritmo de los días, sin otra pretensión que cosechar de aquello que siembran y cuidan para compartir y celebrar, para mantener la vida.


La paz (no esa de papel, tan maquillada y fabricada artificialmente como un maniquí, tan costosa y esquiva en los conglomerados de cemento e innovación, de seguridad y necesidad de atacar para defender lo que era de todos, para mantener lo que no era una necesidad) es natural, es LO NATURAL; la paz de aquí o allá, de antes o después, es una consecuencia de la naturaleza y naturalidad de la paz. En su naturaleza requiere un hogar, en su naturalidad no se reclama, ni se obliga, es natural.


Tal cual le sucedemos a la tierra, la tierra nos sucede. Volver a la tierra, a la paz, a adoptar la naturaleza de la paz, no significa literalmente tomar un azadón, pues no estamos en la luna ni Plutón; aún estamos aquí, debajo de tus pies y los míos también, por distantes que estén, ella y su paz aún ES y puede estar si tiene hogar. Volver a la tierra, a la paz significa habitarla dejando en cada paso la huella que quisiéramos encontrar en el paso siguiente, significa saber y asumir que todo pensamiento, intención, móvil, acción, se siembra en su matriz y que de eso mismo vamos a cosechar; significa habitarla como un hogar, relacionarnos con todos los seres, como quisiéramos convivir en nuestro propio hogar.


Permite la paz, déjala ser, déjala estar; no la pretendas, no la conquistes, ella se ofrenda; no luches por ella, lucha contra lo que te impide la paz.


Conviértete en un radar y amplificador, cuidador y cosechador de paz, en semilla y surco de paz.


Que la naturalidad y la naturaleza de la paz sean parte de ti, para que la paz florezca en nuestro hogar, para que haya esperanza, no solo futuro de éxitos, futuro sin paz.

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© 2019 Luz Ángela Carvajal Posada

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